Κυριακή, 4 Φεβρουαρίου 2018

ΣΕΣΑΡ ΚΑΝΤΟΝΙ!




CÉSAR CANTONI


SABEMOS QUE NAPOLEÓN

Sabemos que Napoleón fue un gran emperador
y un militar sobresaliente; sin embargo,
no sabemos cuál era su reacción
frente a un imprevisto ratonzuelo.

Tampoco sabemos si sufría de apnea
o si usaba los dedos para escarbarse la nariz.
Ni siquiera sabemos si se lavaba las axilas.

Este hombre curtido en mil batallas,
¿habrá tenido diarrea alguna vez? ¿Alguna vez
habrá ensuciado sus calzoncillos? Y si lo hizo,
¿habrá estado a la altura de un héroe en la emergencia?

(Más o menos triviales, hay páginas que la historia
guarda discretamente en los cajones
para no poner en aprieto a las estatuas.)

También cabría preguntarnos:
¿qué apagón astronómico desactivó su estrella,
que no pudo recomponerse en la derrota
y, solo y desterrado, vio acabarse sus días tristemente,
entre horribles dolores de barriga?

(“Cáncer de estómago”, dictaminó el forense tras la autopsia,
despojado el cadáver del exiguo pene –que más tarde
sería subastado– y un tramo de intestino
y dos costillas y algunos mechones de cabello.)

¿Dónde quedaron, entonces, sus ínfulas y sus cañones?
Y lo más importante, a fin de cuentas:
¿habrá despertado en paz fuera del mundo?

Por ahora, sólo sabemos que sus restos
yacen en un sarcófago suntuoso, en la Iglesia de los Inválidos,
donde, al cabo de las exaltaciones oficiales,
las únicas emperatrices son las moscas.


Το χαρακτικό είναι του Αβέλ Ροβίνο (Abel Robino).

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