Δευτέρα, 25 Απριλίου 2016

ΤΕΣΣΕΡΑ ΠΟΙΗΜΑΤΑ ΤΟΥ ΚΑΡΛΟΣ ΒΑΡΒΑΡΙΤΟ ΓΙΑ ΤΟΝ ΕΟΥΤΖΕΝΙΟ ΜΟΝΤΑΛΕ




CARLOS BARBARITO

CUATRO POEMAS PARA EUGENIO MONTALE

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PIDO: UN BREVE ESPACIO PARA LA ANÉMONA…

Pido: un breve espacio para la anémona,
una visión con pálido amarillo
y una fragancia que casi salve el instante;
porque de lo que fue, apenas una señal en la madera,
grabada con punzón, que los días
con sus noches tornaron incierta.
De codo a garganta,
un peso que aumenta,
un clima fijado con clavo,
por ello inmóvil: ¿qué claridad o lluvia
puede ahora verse más allá de la ventana?
Más no pido, erra el resultado
al cabo de la suma,
del vuelo que no deja el suelo
y la trama se desteje
mientras confía, cada vez con menos fuerza,
que el invierno no fuerce la puerta y entre.



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LA VOZ SE PROLONGA PARA EVITAR EL AGOBIO…

La voz se prolonga para evitar el agobio,
el polvo que se acumula
en los pétalos de las flores,
aquí, sobre esta mesa, artificiales,
el repetido, monocorde
remedo de amor bajo las sábanas
y el paisaje con árbol flaco y sin ramas
que, tarde o temprano,
un gran viento tumbará.
Dura porque si no durara
sería el fin del último recurso:
luego, ¿qué?, tal vez un metal
al que fuerzas ciegas desimantarán;
tal vez lo innúmero volviéndose una escena única:
seguiré respirando, seguirás respirando
pero nadie nos oirá,
o nos oirá sólo una espesa sombra,
la de ninguno.



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NO SE DIBUJAR Y MENOS LA RUTA…

No sé dibujar y menos la ruta
de la nave que te conduce lejos;
es tarde para sanar la infancia
y lo que fuera la luz de un lejano,
mínimo relámpago reflejado en un espejo
se volvió, de pronto, un gran trueno que sin pausa retumba.
Solo, ahora, en un jardín penetrado,
en algún pabellón de incurables,
pretendo seguir tu viaje en un mapa infiel,
que miente curso y distancia;
caricia que se torna aguja
y brota un poco de sangre del muslo:
lo que anuncia el nuevo día
cumple con su labor
y se oculta, y se rompe.



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NADIE PUEDE, AL PARECER, ILUMINAR…

Nadie puede, al parecer, iluminar
si no es por linterna o pirotecnia;
nadie, ninguno puede hablar
que no sea desde su lengua y garganta,
mirar con los ojos de sus ojos
para ver otra casa y otro jardín.
Qué mundo, entonces, éste,
de lado a lado conocido,
estable y sólido,
anudado desde siempre,
desde siempre salvado, al menos por un momento,
no por nosotros, por algún ave
que lo sobrevuela.


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